Las plazas públicas más improtantes de toda la República Mexicana estaban llenas. Las familias mexicanas habían salido de sus casas en las últimas horas de 1943. No había mucho que festejar después del año que terminaba llenando las páginas de la Historia Universal con escenas dolorosas y crueles -la Segunda Guerra Mundia se había apoderado de la conciencia mundial.
Pero la llegada del nuevo año invitaba a olvidar por algunos momentos el sangriento periodo que el mundo estaba viviendo, y a renovar esperanzas en un mejor año, lleno de progreso y bienestar para los mexicanos.
Lejos se veían ya los años en que México se debatía entre las armas y el poder, bajo el influjo revolucionario de sus hombres. La relación con Estados unidos había dejado de ser una amenaza permanente para la soberanía nacional, aunque el sentimiento antiestadounidense, acentuado en las clases sociales más bajas, no disminuía ni perdía de vista las acciones del país vecino.
La República Mexicana, sin embargo, estaba viviendo tiempos inéditos en su historia. Casi dos años antes, en mayo de 1942, dos buques mexicanos habían sido hundidos por submarinos alemanes, lo que llevó al presidente de México, Manuel Ávila Camacho, a declarar al país en Estado de Guerra contra los países del Eje: Alemania, Italia y Japón, aunque faltaba un poco más de un año para que los mexicanos del Escuadrón 201 participaran formalmente en la zona del Pacífico.
Pero no era nada de eso lo que reunía esa noche a las familias en las plazas públicas, al Ejército en sus cuarteles, destacamentos y uniddades navales o, incluso, a los connacionales en el extranjero, gracias a la difusión de Radio-Gobernación.
Todos estaban atentos a los altoparlantes y reproductores que el Gobierno había colocado en los lugares más concurridos, especialmente por la clase trabajadora, para escuchar el mensaje de año nuevo del Presidente de la República. Cuando dieorn las diez de la noche en punto, la voz del presidente comenzó a retumbar en los oídos de millones de mexicanos.
PALABRAS QUE NO CAMBIAN
Una de las grandes virtudes de la historia es que nos permite apreciar que las palabras utilizadas en el discurso oficial nunca cambian. Si se quitaran las referencias cronológicas, los nombres propios o los asuntos particulares, el discuros de Ávila Camacho bien podría corresponder a José López Portillo, Carlos Salinas de Gortari o Vicente Fox. Los temas han variado poco, la retórica oficial está llena de espejismos sobre el país y se llena de promesas inconclusas.
Manuel Ávila Camacho comenzó su discurso señalando que el año de 1944 "promete ser decisivo para nuestro país y para la causa mundial de la democracia". Reconoció que el año que termianba "fue para nosotros un lapso cargado de graves preocupaciones". El encarecimiento de la vida, la escasez de algunos artículos esenciales para la subsistencia e incluso algunos desastres naaturales habían hecho de 1943 un año difícil.
Como casi todos sus antecesores -y futuros sucesores- en su discurso, el Presidente hizo referencia a la corrupción del país: "Es cierto que muchos han convertido el estado de guerra en campo de codicia, buscando tan sólo su personal enriquecimiento. Sin embargo, el año próximo nuestra obra de depuración del ambiente ético del pais habrá de ampliarse, intensificando la batalla educaciones y establecined un inflexible contro de las ambiciones personalistas y un rabajo administrativo mejor combinado y más congruente".
El eterno campo mexicano no podía faltar en su esperanzador discurso: "el rendimiento agrícola e industrial no ha alcanzado aún el ritmo de vigorosa aceleración que deseamos", pero argumentó que los trabajos de su gobierno continuarían decisivamente aunque "los resultados no se advertirán inmediatamente".
Por supuesto, Ávila Camacho no dejó pasar la oportunidad de regodearse y sentirse orgulloso de la nueva relación con los Estados Unidos, la llamada "buena vecindad" que suponía una cooperación amplia y un respeto mutuo.
De igual manera, la unidad nacional frente al conflicto exterior fue un tema recurrente: "México no se ha limitado a permanecer y a conservar sus Instituciones, su prestigio, su integridad. Perfeccionando la articulación defensiva de nuestra patria, la guerra ha robustecido esa unidad interior sin cuya existencia ningún conglomerado de seres merece el título de Nación".
Ávila Camacho no olvidó señalar las grandes promesas oficiales de controlar el gasto público, de aumentar las obras públicas y de enfrentarse al problema de la alza de los precios.
Hubo también algunas malas noticias para los mexicanos. Se impondrían nuevos impuestos sobre los artículos de lujo, "sin embargo, no piensa recurrir -su gobierno- a impuestos excesivos, pues desea conservar el espíritu de empresa indispensable para incrementar la producción", lo cual, señaló, era una de los más importantes objetivos de su administración.
El Presidente recordó a todos sus gobernados que "los enemigos ocultos se encuentran en el interior de nuestra existencia. Más que personajes o grupos típicamente identificables, son deficiencias educativas, imperfecciones técnicas y morales y vehemencias políticas anacrónicas".
No terminó sin antes prometer que "1944 debe ser año de recuperaciones" o sin acotar que "la energía y la prudencia del gobierno, poco logrará sino cuenta con una amplia comprensión de las diferentes clases sociales y con su cooperación leal".
Poco más de media hora duró el discurso del mandatario. El tiempo, los brindis y la algarabía de la fiesta de año nuevo arrojaron sus palabras al olvido. Poco importó, al fin y al cabo esas mismas palabras serían escuchadas por los mexicanos sexenio tras sexenio durante todo el siglo XX y en los albores del siglo XXI.
(Publicado en el periódico Reforma, 4 de mayo de 2004.)
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