4 jun 2007

DIARIO DE MAXIMO


LA MUERTE DEL LIBERTADOR

El bergatín Spring se acercaba a las costas tamaulipecas procedente de Inglaterra. A bordo, Agustín de Iturbide arreglaba sus asuntos y soñaba con ser recibido como en los viejos tiempos, con los honores de héroe de la independencia. Sin embargo, antes de atracar en Soto la Marina, regresó a su habitación a redactar su testamento.
El 12 de julio de 1824, el otrora emperador de México volvió al país tras un año en el exilio. Lo acompañaban su esposa embarazada y sus dos hijos más chicos. El pretexto resultaba contundente: España amenazaba seriamente la independencia de México y su libertador no podía mantenerse al margen.
"Vengo no como emperador -explicaba Iturbide-, sino como un soldado, y como un mexicano; más aún por los sentimientos de mi corazón que por los comunes de la cuna; vengo como el primer interesado en la consolidación de nuestra cara independencia y justa libertad: vengo atraído del reconocimiento que debo al afecto de la población en general y sin memoria alguna de las calumnias atroces con que quisieron denigrar mi nombre, mis enemigos o enemigos de la patria".
Pero sus detractores ya estaban listos para recibirle. Desde el 16 de marzo de ese año, varios Diputados del Congreso propusieron declarar al ex emperador, traidor a la patria.
El 28 de abril se expidió un decreto en el que se le proscribía, y en caso de que tocara suelo mexicano, sería pasado por las armas.
Iturbide no tardó mucho tiempo en enterarse. Aprehendido por Felipe de la Garza, fue llevado a la villa de Padilla, donde sesionaba la recién creada Legislatura de Tamaulipas. El ilustre prisionero llegó el 19 de julio no sin antes haber despachado tres cartas al congreso del Estado, en las que trataba de explicar las razones de su arribo al país. Los legisladores, sin embargo, no prestaron atención a sus palabras y decidieron aplicarle todo el rigor de la ley.
Agustín de Iturbide fue fusilado el mismo 18 de julio de 1824 en las afueras de Padilla, Tamaulipas. No permitió que las balas entraran en su cuerpo sin antes expresar frente al pelotón: "Mexicanos: en el acto mismo de mi muerte, os recomiendo el amor a la patria y observancia de nuestra santa religión, ella es quien nos ha de conducir a la gloria. Muero por haber venido a ayudaros, y muero gustoso porque muero entre nosotros. Muero con honor, no como traidor: no quedará a mis hijos y su posteridad esta mancha; no soy traidor, no. Guardad subordinación y prestad obediencia a vuestros jefes, que haciendo lo que ellos os mandan cumpliréis con Dios". Minutos más tarde, el cuerpo del primer emperador de México yacía sin vida.
Días después, el diputado José Antonio Gutiérrez de Lara escribió a un amigo cercano que había acompañado al caudillo en sus últimos momentos.
"Muchas veces, Iturbide dijo en el Congreso General", recordaba Gutiérrez de Lara, "que para él no se había hecho el miedo; y aún esta verdad confirmó en su muerte, la recibió sin que le temblara un dedo y la precedió con una elocuente y bien concertada arenga, que produjo con los ojos ya vendados y en una voz tan sonora y entera como la que vio en el Soberano Congreso reducida a los mexicanos para que siempre unidos y sujetos a sus autoridades evitaran segunda esclavitud, concluyéndola para manifestar que no era traidor a su patria, suplicando que no recayese esta impostura sobre su familia".
Gutiérrez de Lara nunca pudo olvidar la ejecución: "Vi su cuerpo despedazado por las balas y su sangre corriendo por la tierra que antes había libertad; mi corazon quedó herido de este primer estrago que habían visto mis ojos y lo vieron por fin en una persona tan amada".
Nada impidió que Iturbide fuera ejecutado. Ni sus servicios al país, ni haber sido el libertador y consumador de la Independencia. Nada fue suficiente para perdonarle la vida. De ese modo, la clase política de entonces acabó con uno más de los hérores de la Independencia.

(Publicado en el periódico Reforma, 26 de julio de 2005.)

DIEZMA A MONCLOVA UNA GRAN EPIDEMIA

El cura de la iglesia de Santiago Apóstol no se daba abasto a mediados de 1833. Diariamente tenía que recorrer por entero la ciudad, dar los santos óleos a varios de los habitantes de aquella norteña población, acudir al hospital militar, atender a los pacientes, escuchar gritos y lamentaciones, registrar los decesos en el acta parroquial y verificar que los entierros se efectuaran en las condiciones debidas.
A los ojos del padre Francisco Soberón, Monclova estaba herida de muerte. Los años anteriores no habían sido sencillos para la entonces capital del estado de Coahuila y Texas. Las continuas incursiones de los indios bárbaros -que, de acuerdo con los pobladores de aquellas latitudes y épocas, habían declarado la guerra contra los blancos- arrastraban consigo vidas de personas y ganado, disminuyendo el crecimiento de la economía del lugar.
De acuerdo con un documento del Congreso del Estado, fechado en 1827, de 1813 a 1824 entre cuatro y seis mil hombres habían perdido la vida a causa de las incursiones de Cherokees, Shawnees, Kikapús, Deluas y Quapas en la totalidad del territorio coahuiltexano -como se le conocía entonces. Monclova no se había salvado a estas vicisitudes.
Sin embargo, fue en 1833 que un nuevo enemigo entró en la ciudad, un enemigo hasta entonces desconocido en todo el país. Un enemigo que estaba llamado a provocar miles de víctimas en la mayor parte del extenso territorio nacional. Esta vez no se le podía aniquilar con el fuego de las escasas armas con las que contaba la población o contener con campañas militares.
La epidemia del cólera morbus se adentró en cada una de las casas de Monclova. Con los primeros enfermos, diagnosticados al comenzar el mes de agosto, las autoridades decidieron implantar medidas de sanidad de la más alta categoría para aquellos tiempos.
Otros Estados solicitaron recetas medicinales que detuvieran el creciente mal. Una de ellas llegó desde Monterrey, hecha por el doctor Ignacio Zendejas, y de inmediato fue mandada a imprimir para distribuirla a todos los habitantes. El método curativo no consistía en otra cosa que el peyote y la cal.
El doctor entendía a la enfermedad como "una descomposición... de los jugos digestivos con desprendimiento de gases mortíferos que ocasionan los horribles síntomas que se sufren en dicha enfermedad; siendo la gangrena y la muerte su último resultado".
Añadía Zendejas que su receta era la que mejor resultados había dado entre los enfermos de este mal, y continuaba con los pasos exactos que habían de seguirse para la preparación del brebaje curativo, que si bien no llegaba a curar, cuando menos, por algún tiempo, permitía a los enfermos divagar:
"...una rebanada de peyote como del ancho de un dedo y dos de largo se pondrá en una taza caldera de agua a que de un ligero hervor, se colará y depués de colada se le echará de cal pura apagada, lo que coge un real de plata, y bien revuelta se beberá; sino calmaren los síntomas a la media hora, puede repetirse otra taza en los mismos términos".
La infusión fue suministrada a la mayor parte de los pacientes, que prácticamente era la población en su totalidad, según cuenta el propio padre Soberón. A pesar de ello, ni el vicegobernador, Juan Martín de Beramendi, pudo sobrevivir a la epidemia.
Varios de los regidores del Ayuntamiento de Monclova también perdieron la vida. El Congreso del Estado sufrió la muerte de varios de sus miembros -uno de ellos José Francisco Madero, bisabuelo del apóstol de la democracia, Francisco I. Madero.
La enfermedad, además de mortal, era sumamente dolorosa: "a los más dolientes -escribió el párroco de Monclova- que fueron acometidos de este mal, lo eran al mismo tiempo de un calor en la boca del estómago sumamente excesivo y por consiguiente una sed fuerte que les provocaba tomar agua fresca, observándose en muchos enfermos que ésta se les ministró, que tomaron el alivio hasta conseguir su salud, el contrario se advirtió que varios de los que se negó la agua murieron con desesperación que da lástima".
De acuerdo con Soberón, de una población que alcanzaba las cinco mil almas, al menos 500 murieron en las primeras semanas de la epidemia. De acuerdo con el cronista actual de Monclova y director del Archivo Municipal, Lucas Martínez, la cifra rebasó los setescientos decesos.
Todavía en diciembre de ese año, Monclova mantenía unos cuantos enfermos. La epidemia parecía estar controlada pero la población se encontraba destrozada. Habrían de pasar varios años para que retornara la tranquilidad, misma que los indios bárbaros deberían de romper a lo largo de todo el siglo XIX.

(Publicado en el periódico Reforma, 12 de julio de 2005.)

UNA RESPUESTA ENERGICA

Los primeros días del mes de noviembre de 1912, el gobierno de los Estados Unidos, a través de su representante en México, Henry Lane Wilson, envió una nota diplomática al gobierno maderista en la que, por el tono de la misma, se visualizaba próximo uno de los peores baches en la historia de las relaciones entre ambos países.
En la misiva, el gobierno de William Taft se centraba en las condiciones de los ciudadanos estadounidenses establecidos en México y exigía a la administración de Francisco I. Madero "arrestar y castigar debidamente a los autores de los asesinatos de ciudadanos americanos, terminar con la causa de la supuesta hostilidad" y, finalmente, "mejorar las condiciones generales del país para que los ciudadanos americanos que ahí residen no sufran por el estado de revolución, anarquía y caos en el que se dice México se encuentra".
Aunque las relaciones no habían sido del todo buenas desde que Madero tomó el mando de la nación, a muchos sorprendió la forma en que Estados Unidos se expresaba de su vecino del sur. Las distintas sublevaciones que sufrió el país -encabezadas por Félix Díaz, Bernardo Reyes y Pascual Orozco- en el inicio del gobierno maderista, para mediados de 1912 comenzaban a ser apaciguadas por el ejército federal y pocos focos de insurrección amenazaban a las poblaciones extranjeras en el país.
Pedro Lascuráin, entonces secretario de Relaciones Exteriores, fue el encargado de dar respuesta al gobierno estadounidense. Las condiciones no daban para que ésta fuera en tono sumiso. Desde el principio, Lascuráin expresaba: "Debo contestar que el tono de la nota mencionada ha sido una gran sorpresa para el gobierno mexicano, porque nunca se esperó del gobierno de los Estados Unidos esos reproches tan fuertes, y mucho menos la variación en el espíritu de concordia invocada en dicha nota y el pesimismo de sus conclusiones, muchas de las cuales estaban basadas en un error manifiesto o en una preocupación inexplicable".
Fue el propio Presidente Madero quien mandó a Lascuráin contestar de tal forma a una misiva que traía las características de la mano de Henry Lane Wilson. El Secretario, aunque admitía que "los demonios pueden existir en cualquier parte", esperaba "que el gobierno de los Estados Unidos tome en consideración esta respuesta y estime sus detalles con calma, la juzgue imparcialmente y la considere como una expresión de los propósitos del gobierno mexicano en los asuntos relativos a los residentes extranjeros".
A través de varias cuartillas, Lascuráin rechazó cada una de las imputaciones del gobierno estadounidense, dando, además, fueras fidedignas en cada uno de los casos.
La carta, que ha pasado a la historia como una de las más enérgicas del gobierno mexicano hacia el de su vecino del norte, no podía terminar de otra forma:
"Sin pretender consideraciones especiales, el gobierno mexicano supuso que tenía derecho a esperar que un gobierno amigo no se apartaría de la acostumbrada cortesía y de la consideración al orgullo y dignidad de México... El personal del actual gobierno lamenta el incidente y lo olvida; y como un homenaje a su verdadera amistad con el pueblo americano, y en consideración a la alta estima y respeto que tiene por el presidente americano su gobierno, prefiere no dar contestación a esa parte de la nota en los términos en los que está escrita".

(Publicado en el periódico Reforma, 11 de enero de 2005).

LUCAS ALAMAN FRENTE A LA GUERRA

La colonia de la Nueva España contaba ya con cerca de tres siglos de antigüedad, tiempo en el que el control por parte de la metrópoli era total. La incursión de Napoleón a tierras españoles cambió por completo el curso de esta historia. La entrada del ejército francés retumbó en el suelo novohispano alzando a los hombres que darían forma a un nuevo Estado. Lucas Alamán sería fiel testigo de la colonia moribunda y del México naciente.
Tres días después de que Hidalgo tomó el estandarte de la virgen de Guadalupe en son de guerra, la noticia llegó a manos del Intendente de Guanajuato, don Juan Antonio Riaño y Bárcena, con quien Lucas Alamán tenía una gran amistad. Sabiendo que los rebeldes se encaminarían hacia su ciudad, convocó a una junta en la que el pueblo escuchó horrorizado los pormenores. Inmediatamente se propuso planear la defensa, mandando cerrar calles y utilizando la Alhóndiga de Granaditas como resguardo de los fondos de las cajas reales y de la ciudad. La familia Alamán decidió quedarse en su casa a esperar la asonada rebelde.
La Alhóndiga de Granaditas se convirtió en el centro de batalla el día 28 de septiembre. En la noche del mismo día, gracias a la escapatoria del padre Martín Septién, tío de Alamán, supo este lo que había ocurrido. Se enteró entonces de la muerte del intendente Riaño a los pocos minutos de comenzada la batalla, supo de la masacre, olió la sangre derramada. Vivió como si hubiera estado presente la lucha eterna entre dos ideologías que todavía no entendía.
Las horas siguientes fueron igual de difíciles para la familia Alamán. Después de la masacre en la Alhóndiga, los triunfadores dedicaron su tiempo al saqueo de la ciudad. No transcurrió mucho tiempo cuando los asaltadores entraron a la casa de don Lucas, a quien confundieron con español y trataron de herirlo hasta que "los criados y algunos de la plebe de Guanajuato que me conocía les hicieron que me dejasen en libertad".
Valiente y resolutiva como era su madre, doña María Ignacia, tomó la decisión de cruzar, junto con su hijo, la ciudad hasta donde se encontraba Hidalgo para pedirle que detuviera la barbarie que amenazaba con despojarla de sus bienes. Tal fue la determinación de la señora que el mismo cura, acompañado por Ignacio Allende, fue a calmar a la multitud agazapada a las afueras de la casa de la familia Alamán.
La furia de la guerra se hacía presente en la vida del joven Alamán, furia que se vería plasmada en sus obras históricas varios años después. Los bandos se presentaban iguales para el joven. Los realistas, a las órdenes del general Calleja, reocuparían la ciudad poco tiempo después realizando asesinatos de los que se sospechaba habían apoyado a los insurgentes. Era momento de huir de los ríos de sangre que no reconocían caras ni apellidos.
Doña María Ignacio sabía que tenía que salir de ese lugar que había perdido la paz y tranquilidad que alguna vez la maravillaron. La familia Alamán emprende la huída el 9 de diciembre de 1810.
El viaje no sería ni corto ni placentero. El convoy estaba destinado a recorrer el camino que ya había sido testigo de la lucha, de la guerra.
Las imágenes que presenciaba Lucas Alamán no serían mejores que las del lugar que lo vio nacer. El paisaje no le presentaba hermosas especies vegetales que seguramente hubiera encontrado tan interesantes dada su afición a las ciencias naturales. Lo que veía era el horror de la muerte. Varios hombres habían sido colgados de los árboles como seña de su traición a uno u otro bando.
Así, bajo tales muestras de crueldad, don Lucas y su madre llegaron a la capital a finales de diciembre. Bajo el amparo de su familia, reencontraron la tranquilidad. Sin embargo, y aún cuando el futuro ideólogo concentró sus ideas en el estudio y la lectura, los tormentos de la guerra seguirían presentándose en su camino.
En 1812, otro de los miembros de la familia putativa de Alamán, la familia Riaño, fue muerto ante la ferocidad de la guerra. Fue el hijo de aquel intendente que murió por las mismas balas lanzadas en aras de la libertad en la Alhóndiga de Granaditas. El animal bélico apenas despertado se acercaba cada vez más a don Lucas, lastimándole su orgullo y entendimiento. Intentó refugiarse en sus estudios. Incluso, dos años después, en 1814 dejaría suelo mexicano para explorar tierras que no estuvieran tan empapadas de sangre y tardaría en volver largos seis años.
Pero la guerra se quedaría a su lado hasta mucho después, cuando escribiría la historia de esos días. En cada palabra que salió de su mente, se notó la indignación de sus recuerdos y aunque en los tiempos en que todavía era un adolescente, culpaba a uno y otro bando, el tiempo le haría apoyar la insignia de uno de ellos.
"En todos los pueblos -nos cuenta Alamán en su Historia de México- hallaba el cura Hidalgo una predisposición tan favorable, que no necesitaba más que presentarse para arrastrar tras de sí todas las masas; pero los medios que empleó para ganar esta popularidad, destruyeron en sus cimientos el edificio social, sofocaron todo principio de moral y de justicia, y han sido el origen de todos los males que la nación lamenta, que todos dimanan de aquella envenenada fuente".
El ideólogo nació tiempo después del despertar doloroso.

(Publicado en el periódico Reforma, 18 de mayo de 2004).

VIVE DISCURSO OFICIAL DURANTE SEIS DECADAS

Las plazas públicas más improtantes de toda la República Mexicana estaban llenas. Las familias mexicanas habían salido de sus casas en las últimas horas de 1943. No había mucho que festejar después del año que terminaba llenando las páginas de la Historia Universal con escenas dolorosas y crueles -la Segunda Guerra Mundia se había apoderado de la conciencia mundial.
Pero la llegada del nuevo año invitaba a olvidar por algunos momentos el sangriento periodo que el mundo estaba viviendo, y a renovar esperanzas en un mejor año, lleno de progreso y bienestar para los mexicanos.
Lejos se veían ya los años en que México se debatía entre las armas y el poder, bajo el influjo revolucionario de sus hombres. La relación con Estados unidos había dejado de ser una amenaza permanente para la soberanía nacional, aunque el sentimiento antiestadounidense, acentuado en las clases sociales más bajas, no disminuía ni perdía de vista las acciones del país vecino.
La República Mexicana, sin embargo, estaba viviendo tiempos inéditos en su historia. Casi dos años antes, en mayo de 1942, dos buques mexicanos habían sido hundidos por submarinos alemanes, lo que llevó al presidente de México, Manuel Ávila Camacho, a declarar al país en Estado de Guerra contra los países del Eje: Alemania, Italia y Japón, aunque faltaba un poco más de un año para que los mexicanos del Escuadrón 201 participaran formalmente en la zona del Pacífico.
Pero no era nada de eso lo que reunía esa noche a las familias en las plazas públicas, al Ejército en sus cuarteles, destacamentos y uniddades navales o, incluso, a los connacionales en el extranjero, gracias a la difusión de Radio-Gobernación.
Todos estaban atentos a los altoparlantes y reproductores que el Gobierno había colocado en los lugares más concurridos, especialmente por la clase trabajadora, para escuchar el mensaje de año nuevo del Presidente de la República. Cuando dieorn las diez de la noche en punto, la voz del presidente comenzó a retumbar en los oídos de millones de mexicanos.

PALABRAS QUE NO CAMBIAN

Una de las grandes virtudes de la historia es que nos permite apreciar que las palabras utilizadas en el discurso oficial nunca cambian. Si se quitaran las referencias cronológicas, los nombres propios o los asuntos particulares, el discuros de Ávila Camacho bien podría corresponder a José López Portillo, Carlos Salinas de Gortari o Vicente Fox. Los temas han variado poco, la retórica oficial está llena de espejismos sobre el país y se llena de promesas inconclusas.
Manuel Ávila Camacho comenzó su discurso señalando que el año de 1944 "promete ser decisivo para nuestro país y para la causa mundial de la democracia". Reconoció que el año que termianba "fue para nosotros un lapso cargado de graves preocupaciones". El encarecimiento de la vida, la escasez de algunos artículos esenciales para la subsistencia e incluso algunos desastres naaturales habían hecho de 1943 un año difícil.
Como casi todos sus antecesores -y futuros sucesores- en su discurso, el Presidente hizo referencia a la corrupción del país: "Es cierto que muchos han convertido el estado de guerra en campo de codicia, buscando tan sólo su personal enriquecimiento. Sin embargo, el año próximo nuestra obra de depuración del ambiente ético del pais habrá de ampliarse, intensificando la batalla educaciones y establecined un inflexible contro de las ambiciones personalistas y un rabajo administrativo mejor combinado y más congruente".
El eterno campo mexicano no podía faltar en su esperanzador discurso: "el rendimiento agrícola e industrial no ha alcanzado aún el ritmo de vigorosa aceleración que deseamos", pero argumentó que los trabajos de su gobierno continuarían decisivamente aunque "los resultados no se advertirán inmediatamente".
Por supuesto, Ávila Camacho no dejó pasar la oportunidad de regodearse y sentirse orgulloso de la nueva relación con los Estados Unidos, la llamada "buena vecindad" que suponía una cooperación amplia y un respeto mutuo.
De igual manera, la unidad nacional frente al conflicto exterior fue un tema recurrente: "México no se ha limitado a permanecer y a conservar sus Instituciones, su prestigio, su integridad. Perfeccionando la articulación defensiva de nuestra patria, la guerra ha robustecido esa unidad interior sin cuya existencia ningún conglomerado de seres merece el título de Nación".
Ávila Camacho no olvidó señalar las grandes promesas oficiales de controlar el gasto público, de aumentar las obras públicas y de enfrentarse al problema de la alza de los precios.
Hubo también algunas malas noticias para los mexicanos. Se impondrían nuevos impuestos sobre los artículos de lujo, "sin embargo, no piensa recurrir -su gobierno- a impuestos excesivos, pues desea conservar el espíritu de empresa indispensable para incrementar la producción", lo cual, señaló, era una de los más importantes objetivos de su administración.
El Presidente recordó a todos sus gobernados que "los enemigos ocultos se encuentran en el interior de nuestra existencia. Más que personajes o grupos típicamente identificables, son deficiencias educativas, imperfecciones técnicas y morales y vehemencias políticas anacrónicas".
No terminó sin antes prometer que "1944 debe ser año de recuperaciones" o sin acotar que "la energía y la prudencia del gobierno, poco logrará sino cuenta con una amplia comprensión de las diferentes clases sociales y con su cooperación leal".
Poco más de media hora duró el discurso del mandatario. El tiempo, los brindis y la algarabía de la fiesta de año nuevo arrojaron sus palabras al olvido. Poco importó, al fin y al cabo esas mismas palabras serían escuchadas por los mexicanos sexenio tras sexenio durante todo el siglo XX y en los albores del siglo XXI.

(Publicado en el periódico Reforma, 4 de mayo de 2004.)

MISION DIPLOMATICA EN LA POSGUERRA

El 14 de noviembre de 1920, el Imperator -uno de los transatlánticos más lujosos del momento- terminaba su travesía desde Europa. A bordo, un Embajador confidencial mexicano, acompañado por su esposa y su secretario personal, admiraban NY, primera escala del viaje que los traería de regreso a su añorada patria.
No tardó en bajar la escalinata del gran barco, cuando el Embajador se vio rodeado por varios periodistas interesados en conocer el resultado de sus gestiones en el viejo continente. En un tono bastante serio, don Félix F. Palavicini expresó: "Los gobiernos europeos no piden que se hagan efectivos los daños sufridos por sus nacionales durante la revolución de México, ni tampoco solicitan que se haga cambio alguno en la Legislación Petrolera Mexicana, como preliminar para otorgar su reconocimiento al Gobierno de México".
Tales fueron las palabras del Embajador, que daban nuevas esperanzas a las relaciones internacionales de México en momentos en que el caos parecía apoderarse nuevamente del país.
En 1920, México marchaba mal -el año electora que comenzaba parecía destinado a terminar en una nueva guerra civil- y marchaba solo. América Latina se encontraba enfocada en sus propios asuntos. Con Estados Unidos, la relación seguía siendo más conflictiva que amistosa. Europa no era la excepción. Destrozada por el paso arrasador de la Primera Guerra Mundial, los paises europeos tampoco habían visto con buenos ojos el proceso revolucionario -sobre todo en materia petrolera- y prácticamente ninguno tenía relaciones diplomáticas con México.
A pesar de todo, el Gobierno de Carranza intentó restablecer las relaciones con Europa, lo cual quedó sólo en buenos deseos debido al comienzo de la rebelión de Agua Prieta -encabezada por Adolfo de la Huerta, Plutarco Elías Calles y Álvaro Obregón-, que culminó con el asesinato de don Venustiano Carranza el 21 de mayo de 1920.
"El éxito del movimiento de Agua Prieta ocasionó a México un retraso formal en el frente diplomático -escribió John W. F. Dulles en su libro "Ayer en México"-. Inglaterra, que nunca había reconocido el régimen de Carranza, no se mostró en disposición de cambiar su actitud hacia México. Francia, Bélgica, Suiza y Cuba tampoco tenían relaciones... con el nuevo régimen mexicano".
De la Huerta, Presidente Interino, empezó a idear alguna estrategia que pudiera favorecer las relaciones de México con los demás países. Sabía que un acercamiento con Europa beneficiaría al Gobierno que sería electo "democráticamente"· en las próximas elecciones. Con cierto ánimo conciliatorio, De la Huerta pensó en el viejo adepto de don Venustiano para tan importante misión.
Hacia 1920, Félix F. Palavicini ya era reconocido en los círculos políticos e intelectuales del país. Muy cercano a Madero, fue uno de los fundadores del célebre periódico El Antirreeleccionista en 1909 y llegó al Congreso de la Unión representando a Tabasco.
El acercamiento de Palavicini con Carranza en 1913 le costó severas críticas: "De tal combinación Carranza-Palavicini arranca su fama de hombre de negocios y periodista -escribió José Vasconcelos en La Tormenta-. Desde los comienzos se vio claro que lo que pudo ser revolución se convirtió en manoteo de audaces. Y no digo cena de negros, que son mucho más caballeros que aquella mal afamada carranclanería". En 1916 fundó uno de los periódicos de mayor tradición, El Universal, y un año después marchó a Querétaro como diputado constituyente.
A pesar de que en repetidas ocasiones Palavicini demostró su repudio hacia Obregón y sus partidarios, De la Huerta sabía del reconocimiento que tenía internacionalmente el director de El Universal. Tan sólo unos meses antes, el 5 de mayo, había sido nombrado Comendador a la Orden de Leopoldo II de Bélgica, que se agregó a las de otros países que antes le habían conferido distinción similar. Palavicini, además, era Comendador de la Corona de Italia, Comendador del Imperio Británico y Caballero de la Legión de Honor francesa.
Bajo todas estas consideraciones, De la Huerta decidió nombrar a Palavicini Embajador Confidencial cerca de los Gobiernos de Inglaterra, Francia, Bélgica, Italia y España; éste aceptó con la condición de que fuera "sin retribución alguna, ni por concepto de sueldos ni de viáticos", como recuerda en Mi vida revolucionaria.
Obregón -recuerda Palavicini- le dijo: "No se trata de servirme como político, sino de evitar que México encuentre dificultades enl a reanudación de sus relaciones diplomáticas con Europa, lo que influiría con respecto al reconocimiento del nuevo Gobierno por los Estados Unidos de América".
El 25 de junio comenzó un viaje que duraría sólo cinco meses. El primer destino fue Inglaterra, que desde 1914 había roto sus relaciones diplomáticas con México. El nuevo Embajador se encontró condiciones muy complicadas. Empezando porque el consulado de México, a cargo de Julio Pani, se encontraba en el sótano de las oficinas de una compañía inglesa.
Con dificultades y haciendo uso de sus amistades, logró entrevistarse con Rowland Sperling, Jefe de la Sección de América en el Gobierno inglés, quien al cabo de algunos días le expuso: "El Gobierno de Su Majestad tiene confianza en que el nuevo Presidente será un mexicano distinguido, que llevará a cabo con buen éxito el trabajo de reconstrucción, en elq ue el Gobierno de Su Majestad cooperará gustoso hasta su mayor capacidad".
El segundo destino fue Francia, a donde llegó el 26 de julio. Ahí se encontró con Alberto J. Pani, quien fungía como Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario de México ante el Gobierno francés. Ahí la situación no era más sencilla. Francia había sido severamente afectada por la Primera Guerra Mundial y estaba concentrada en su recuperación.
Por tanto, entre las reclamaciones del Gobierno francés estaba la retroactividad del artículo 27 de la Constitución mexicana. Resultaba prácticamente imposible saldar las reclamaciones; sin embargo, el acercamiento fue un paso importante. La situación no mejoró al entrevistarse con el Gobierno de Bélgica.
En España, Palavicini organizó una fiesta para conmemorar la Independencia de México. "Fue un acto simpático -cuenta don Félix-, porque sin distinción de colores políticos los mexicanos se reunieron para recordar a la patria ausente...".
En Italia, se encontró con el conde Sforza, Ministro de Relaciones Exteriores, quien le manifestó "que no solamente confirmaba Italia su amistad invariable con México, sino que el Gobierno italiano se interesaba por encauzar hacia México una corriente de negocios de mutuo beneficio...". A su vez, se le informó el nombramiento del general Pepino Garibaldi como Enviado Extraordinario en correspondencia con la visita de Palavicini.
Don Félix regresó a México a finales de noviembre de 1920. Encontró un país diferente. El presidente De la Huerta había desarrollado una política de conciliación y pacificación que logró incluso la rendición de Pancho Villa. En el horizonte político mexicano sonaba la hora de los sonorenses. Y aunque "El Times, el Tribune, el World, entre otros -señala una nota de El Universal-, hacen resaltar el brillante resultado obtenido por la misión diplomática que llevó a Europa el señor Palavicini...", lo cierto es que sus esfuerzos fueron inútiles.
El reconocimiento de los gobiernos europeos tardaría en llegar al menos tres años y, en el caso de Inglaterra, aún más. México comenzó a salir de su aislamiento hasta finales de la década de 1920, participando en organismos internacionales como la Sociedad de las Naciones.
Por su parte, Palavicini no tuvo más remedio que retomar la dirección de El Universal y desde el tintero del periodismo, esperó una nueva oportunidad.

(Publicado en el periódico Reforma, 24 de junio de 2003.)