4 jun 2007

LUCAS ALAMAN FRENTE A LA GUERRA

La colonia de la Nueva España contaba ya con cerca de tres siglos de antigüedad, tiempo en el que el control por parte de la metrópoli era total. La incursión de Napoleón a tierras españoles cambió por completo el curso de esta historia. La entrada del ejército francés retumbó en el suelo novohispano alzando a los hombres que darían forma a un nuevo Estado. Lucas Alamán sería fiel testigo de la colonia moribunda y del México naciente.
Tres días después de que Hidalgo tomó el estandarte de la virgen de Guadalupe en son de guerra, la noticia llegó a manos del Intendente de Guanajuato, don Juan Antonio Riaño y Bárcena, con quien Lucas Alamán tenía una gran amistad. Sabiendo que los rebeldes se encaminarían hacia su ciudad, convocó a una junta en la que el pueblo escuchó horrorizado los pormenores. Inmediatamente se propuso planear la defensa, mandando cerrar calles y utilizando la Alhóndiga de Granaditas como resguardo de los fondos de las cajas reales y de la ciudad. La familia Alamán decidió quedarse en su casa a esperar la asonada rebelde.
La Alhóndiga de Granaditas se convirtió en el centro de batalla el día 28 de septiembre. En la noche del mismo día, gracias a la escapatoria del padre Martín Septién, tío de Alamán, supo este lo que había ocurrido. Se enteró entonces de la muerte del intendente Riaño a los pocos minutos de comenzada la batalla, supo de la masacre, olió la sangre derramada. Vivió como si hubiera estado presente la lucha eterna entre dos ideologías que todavía no entendía.
Las horas siguientes fueron igual de difíciles para la familia Alamán. Después de la masacre en la Alhóndiga, los triunfadores dedicaron su tiempo al saqueo de la ciudad. No transcurrió mucho tiempo cuando los asaltadores entraron a la casa de don Lucas, a quien confundieron con español y trataron de herirlo hasta que "los criados y algunos de la plebe de Guanajuato que me conocía les hicieron que me dejasen en libertad".
Valiente y resolutiva como era su madre, doña María Ignacia, tomó la decisión de cruzar, junto con su hijo, la ciudad hasta donde se encontraba Hidalgo para pedirle que detuviera la barbarie que amenazaba con despojarla de sus bienes. Tal fue la determinación de la señora que el mismo cura, acompañado por Ignacio Allende, fue a calmar a la multitud agazapada a las afueras de la casa de la familia Alamán.
La furia de la guerra se hacía presente en la vida del joven Alamán, furia que se vería plasmada en sus obras históricas varios años después. Los bandos se presentaban iguales para el joven. Los realistas, a las órdenes del general Calleja, reocuparían la ciudad poco tiempo después realizando asesinatos de los que se sospechaba habían apoyado a los insurgentes. Era momento de huir de los ríos de sangre que no reconocían caras ni apellidos.
Doña María Ignacio sabía que tenía que salir de ese lugar que había perdido la paz y tranquilidad que alguna vez la maravillaron. La familia Alamán emprende la huída el 9 de diciembre de 1810.
El viaje no sería ni corto ni placentero. El convoy estaba destinado a recorrer el camino que ya había sido testigo de la lucha, de la guerra.
Las imágenes que presenciaba Lucas Alamán no serían mejores que las del lugar que lo vio nacer. El paisaje no le presentaba hermosas especies vegetales que seguramente hubiera encontrado tan interesantes dada su afición a las ciencias naturales. Lo que veía era el horror de la muerte. Varios hombres habían sido colgados de los árboles como seña de su traición a uno u otro bando.
Así, bajo tales muestras de crueldad, don Lucas y su madre llegaron a la capital a finales de diciembre. Bajo el amparo de su familia, reencontraron la tranquilidad. Sin embargo, y aún cuando el futuro ideólogo concentró sus ideas en el estudio y la lectura, los tormentos de la guerra seguirían presentándose en su camino.
En 1812, otro de los miembros de la familia putativa de Alamán, la familia Riaño, fue muerto ante la ferocidad de la guerra. Fue el hijo de aquel intendente que murió por las mismas balas lanzadas en aras de la libertad en la Alhóndiga de Granaditas. El animal bélico apenas despertado se acercaba cada vez más a don Lucas, lastimándole su orgullo y entendimiento. Intentó refugiarse en sus estudios. Incluso, dos años después, en 1814 dejaría suelo mexicano para explorar tierras que no estuvieran tan empapadas de sangre y tardaría en volver largos seis años.
Pero la guerra se quedaría a su lado hasta mucho después, cuando escribiría la historia de esos días. En cada palabra que salió de su mente, se notó la indignación de sus recuerdos y aunque en los tiempos en que todavía era un adolescente, culpaba a uno y otro bando, el tiempo le haría apoyar la insignia de uno de ellos.
"En todos los pueblos -nos cuenta Alamán en su Historia de México- hallaba el cura Hidalgo una predisposición tan favorable, que no necesitaba más que presentarse para arrastrar tras de sí todas las masas; pero los medios que empleó para ganar esta popularidad, destruyeron en sus cimientos el edificio social, sofocaron todo principio de moral y de justicia, y han sido el origen de todos los males que la nación lamenta, que todos dimanan de aquella envenenada fuente".
El ideólogo nació tiempo después del despertar doloroso.

(Publicado en el periódico Reforma, 18 de mayo de 2004).

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