4 jun 2007

LA MUERTE DEL LIBERTADOR

El bergatín Spring se acercaba a las costas tamaulipecas procedente de Inglaterra. A bordo, Agustín de Iturbide arreglaba sus asuntos y soñaba con ser recibido como en los viejos tiempos, con los honores de héroe de la independencia. Sin embargo, antes de atracar en Soto la Marina, regresó a su habitación a redactar su testamento.
El 12 de julio de 1824, el otrora emperador de México volvió al país tras un año en el exilio. Lo acompañaban su esposa embarazada y sus dos hijos más chicos. El pretexto resultaba contundente: España amenazaba seriamente la independencia de México y su libertador no podía mantenerse al margen.
"Vengo no como emperador -explicaba Iturbide-, sino como un soldado, y como un mexicano; más aún por los sentimientos de mi corazón que por los comunes de la cuna; vengo como el primer interesado en la consolidación de nuestra cara independencia y justa libertad: vengo atraído del reconocimiento que debo al afecto de la población en general y sin memoria alguna de las calumnias atroces con que quisieron denigrar mi nombre, mis enemigos o enemigos de la patria".
Pero sus detractores ya estaban listos para recibirle. Desde el 16 de marzo de ese año, varios Diputados del Congreso propusieron declarar al ex emperador, traidor a la patria.
El 28 de abril se expidió un decreto en el que se le proscribía, y en caso de que tocara suelo mexicano, sería pasado por las armas.
Iturbide no tardó mucho tiempo en enterarse. Aprehendido por Felipe de la Garza, fue llevado a la villa de Padilla, donde sesionaba la recién creada Legislatura de Tamaulipas. El ilustre prisionero llegó el 19 de julio no sin antes haber despachado tres cartas al congreso del Estado, en las que trataba de explicar las razones de su arribo al país. Los legisladores, sin embargo, no prestaron atención a sus palabras y decidieron aplicarle todo el rigor de la ley.
Agustín de Iturbide fue fusilado el mismo 18 de julio de 1824 en las afueras de Padilla, Tamaulipas. No permitió que las balas entraran en su cuerpo sin antes expresar frente al pelotón: "Mexicanos: en el acto mismo de mi muerte, os recomiendo el amor a la patria y observancia de nuestra santa religión, ella es quien nos ha de conducir a la gloria. Muero por haber venido a ayudaros, y muero gustoso porque muero entre nosotros. Muero con honor, no como traidor: no quedará a mis hijos y su posteridad esta mancha; no soy traidor, no. Guardad subordinación y prestad obediencia a vuestros jefes, que haciendo lo que ellos os mandan cumpliréis con Dios". Minutos más tarde, el cuerpo del primer emperador de México yacía sin vida.
Días después, el diputado José Antonio Gutiérrez de Lara escribió a un amigo cercano que había acompañado al caudillo en sus últimos momentos.
"Muchas veces, Iturbide dijo en el Congreso General", recordaba Gutiérrez de Lara, "que para él no se había hecho el miedo; y aún esta verdad confirmó en su muerte, la recibió sin que le temblara un dedo y la precedió con una elocuente y bien concertada arenga, que produjo con los ojos ya vendados y en una voz tan sonora y entera como la que vio en el Soberano Congreso reducida a los mexicanos para que siempre unidos y sujetos a sus autoridades evitaran segunda esclavitud, concluyéndola para manifestar que no era traidor a su patria, suplicando que no recayese esta impostura sobre su familia".
Gutiérrez de Lara nunca pudo olvidar la ejecución: "Vi su cuerpo despedazado por las balas y su sangre corriendo por la tierra que antes había libertad; mi corazon quedó herido de este primer estrago que habían visto mis ojos y lo vieron por fin en una persona tan amada".
Nada impidió que Iturbide fuera ejecutado. Ni sus servicios al país, ni haber sido el libertador y consumador de la Independencia. Nada fue suficiente para perdonarle la vida. De ese modo, la clase política de entonces acabó con uno más de los hérores de la Independencia.

(Publicado en el periódico Reforma, 26 de julio de 2005.)

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