4 jun 2007

POLEMICO CENTENARIO CON MASCARA DE EXITO

La entrada triunfante de Agustín de Iturbide, junto con el ejército Trigarante a la ciudad de México el 27 de septiembre de 1821, significó la consumación de la Independencia y el fin de 11 años de guerra constante. Los sueños, las esperanzas de un México autónomo y próspero, llenaban las ilusiones de los que, con su esfuerzo y su lucha, dieron alcance a este triunfo. Paradójicamente, un siglo después, la sociedad no se podía aún librar ni de las armas ni de la pobreza.
Corría el año de 1921. Obregón era presidente de una nación que mantenía sus problemas económicos y sociales. La Revolución había dejado a su paso muerte, pobreza, hambre y descontento. Estados Unidos se resistía a otorgar el reconocimiento de Gobierno al régimen de Obregón y el espinoso asunto petrolero era el tema central de las disputas entre ambos países.
Ante un contexto tan incierto, el Gobierno de Obregón decidió distraer la atención de la opinión pública conmemorando el Centenario de la Consumación de la Independencia mediante una serie de festejos, los cuales durarían todo el mes de septiembre. Los hombres que rodeaban al Presidente se sorprendieron de su iniciativa. Uno de ellos fue José Vasconcelos, Rector de la Universidad Nacional de México, quien en su obra El desastre comentó: “Nunca me expliqué cómo un hombre de juicio tan despejado como Obregón se dejó llevar a fiestecitas, como no sea por la circunstancia de que Pani [Alberto J. Pani, Ministro de Relaciones Exteriores en el gobierno de Obregón] no dejó ver al principio todo el alcance de sus planes”. Así, Vasconcelos decidió no participar en la organización de este evento.
Se creó un Comité Organizador encabezado por el mismo Pani, quien, apoyado por personajes ilustres de la vida política mexicana ⎯como Emilio López Figueroa, Juan Bojórquez, Apolonio R. Guzmán, Carlos Argüelles y Martín L. Guzmán⎯, comenzó los preparativos para el mes de la patria. El Gobierno no dudó en proporcionar lo necesario para la realización de todos los eventos. Cada ministerio tuvo que aportar parte de su presupuesto para las Fiestas del Centenario.
Poco a poco se fue dando a conocer el programa de actividades. Se prepararon desde conciertos de ópera hasta desfiles militares; las autoridades invitaron al pueblo a olvidar por un momento, por un mes, las carencias, los atrasos y las atrocidades de un México todavía renuente a una vida pacífica. Todo giraba alrededor de las fiestas del Centenario. El Gobierno quiso aprovechar la distracción social para aumentar la recaudación y promulgó la Ley del Centenario ⎯claro antecedente del Impuesto sobre la Renta⎯, que exigía pagos del 1 al 4 por ciento sobre los ingresos. Lo recaudado se aplicaría para hacer mejoras a los puertos y adquirir barcos para la marina mercante nacional. Este impuesto sería cobrado únicamente durante el mes de septiembre. Lógicamente, la población en general y los empresarios en particular se opusieron en un principio a efectuar dicho pago. Después de varias sesiones, se llegó a un acuerdo en el que los empresarios aceptaron el cobro de este impuesto, incluso llegando a estipularlo como necesario y como un ‘honor’ al poder contribuir para el gran festejo. El mismo Álvaro Obregón se presentaró el 7 de septiembre a pagar su impuesto.
Al igual que en las fiestas de 1910, representantes de diversos países fueron invitados a la conmemoración. A su llegada, todos se presentaron ante Obregón y le expusieron su visión de México. El embajador de Chile, Enrique Bermúdez, ensalzó la vida independiente del país y de quienes lucharon por ella diciendo: “Los próceres que dieron su independencia a esta rica nación, soñaron, al sintetizar sus nobles y magníficos ideales, con una vida nacional como ésta, de bienestar absoluto, de garantías y libertades lógicas y de elevados anhelos que son la base de los progresos humanos”.
Los mundos intelectual y académico se sumaron a los festejos. Se proyectó la creación de una escuela que se llamaría ‘El Centenario’ y que, pasados los festejos, se anexaría a la Universidad. También hubo concursos literarios, se acuñaron monedas de plata representativas del magno evento, los periódicos hacían sus propios certámenes y las primeras planas eran dedicadas a las fiestas, junto con suplementos especiales que contaban la historia del país.
El mes de septiembre comenzó acompañado de grandes recepciones, banquetes y fiestas. Vasconcelos diría al respecto que: “...el alboroto de las fiestas emborrachaba a la ciudad, deslumbraba a la república.” México estaba de fiesta.
Los festejos abarcaron toda la república, los distintos estados habían planeado ya sus propios eventos conmemorativos. El 11 de septiembre, Álvaro Obregón dijo a la nación: “México en este primer Centenario de la adquisición plena de su soberanía, inicia una nueva era de su vida, equivalente a lo que para el hombre es la mayor edad”, imagen que quería dar al mundo y al pueblo mexicano, y tal vez, la que él mismo quería creer de su país.
Fue el 15 de septiembre, cuando se dio el evento más emotivo de todas las festividades. Más de 70 mil niños de diversas escuelas de la república juraron su lealtad a la bandera mexicana, dando fe de que el futuro de nuestro país podría estar lleno del patriotismo que, un siglo antes, había faltado.
Otro evento especial fue el del 27 de septiembre, día en el que llevó a cabo el desfile militar. Para conmemorar al Ejército trigarante, se siguió la ruta exacta que tomaron en 1821, hasta su entrada al Zócalo de la ciudad de México. Una de tantas curiosidades que se dieron fue la denominada Ley del Perdón, promulgada el día 10, y en la que se le otorgaba la libertad a algunos presos que, aunque no habían culminado su sentencia, por buena conducta se les dejó salir de la cárcel.
El festejo terminó junto con el mes de septiembre. Los representantes de las distintas naciones invitadas, regresaron a sus respectivos países con la imagen de un México que había alcanzado una prosperidad envidiable. La realidad no podía ser más diferente. El resultado para el país fue una hacienda pública desgastada. Los bolsillos volvieron a quedar vacíos, no sólo de la gente, sino del mismo gobierno. México no estaba económicamente en condiciones de festejar, pero después de tantos años de lucha, de sangre, de sufrimiento y desesperación, el festejo parecía la salida a un llanto constante.
José Vasconcelos escribió: “Nunca se habían conmemorado los sucesos del Plan de Iguala y la proclamación de Iturbide, ni volvieron a conmemorarse después. Aquel Centenario fue una humorada costosa. Y un comienzo de la desmoralización que sobrevino más tarde.” El festejo se olvidaría poco tiempo después y la historia continuaría con su cauce habitual en busca de la libertad y la democracia.

(Publicado en el periódico Reforma, 9 de octubre de 2001.)

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